Según la RAE, Infancia puede definirse como:
1. Periodo de la vida humana desde el nacimiento hasta la pubertad.
2. Conjunto de niños.
3. Primer estado de una cosa después de su nacimiento o fundación.
Para nadie es un misterio que la RAE en su mayoría se limita al significado literal de las palabras. Pero ¿Es realmente la infancia simplemente ese conjunto de palabras que acaban de pasar? Trataré de explicarles todo un poco más detalladamente cuando comencemos con la historia.
Por otro lado, sin dejar de lado la infancia y en un sentido menos literal de la palabra, cuando se piensa en ella, algunos sonríen y dicen con orgullo que fue la mejor época de sus vidas, otros la recuerdan con dolor y otros con nostalgia, pero todos, absolutamente todos asoscian la infancia con la inocencia. Pero ¿Por qué? Veamos.
Según la RAE Inocencia puede definirse como:
1. Estado del alma limpia de culpa.
2. Extensión de culpa en un delito o en una mala acción.
3. Candor, sencillez.
¿Entonces por qué cuando pensamos en inocencia lo relacionamos directamente con la ignorancia? Y no me refiero en este caso a la ignorancia como a la falta de cultura en una persona, sino como la falta de conocimiento en algo en concreto.
Cuando éramos niños ignorábamos en gran medida aquello que hoy en día nos aterroriza del mundo: la muerte, la codicia, la hambruna, los celos, el odio y todas esas cosas por las que hoy las personas se dividen. Cuando éramos niños nos decían que si éramos lo suficientemente afortunados, no tendríamos que enfrentarnos cara a cara con todas estas cosas hasta estar lo suficientemente conscientes y preparados para hacerles frente.
Pero claro, si ese fuera mi caso, no tendría algo sobre qué escribirles hoy.
Nací el 21 de octubre de 1994 en Medellín, una ciudad que para la época, contaba con más heridas y cicatrices de las que un país del tercer mundo estaría orgulloso de tener en la lista, pues la ahora bien llamada “Ciudad más innovadora” acababa de haber sido rescatada, si es que así se le puede llamar, del más grande narcotraficante (O héroe según la perspectiva de otros) de todos los tiempos. Además, vale recalcar que nací en una familia que no me esperaba, porque según me cuenta mi padre cada tanto tiempo, fui concebida gracias a lo que vulgarmente le llaman “Sexo de reconciliación” Siempre nos reímos de eso. Pero a pesar del susto, algunos años después, mi no tan inoportuna concepción tendría sentido.
Mi familia siempre se ha movido en la clase socioeconómica Media-Alta, siempre ha tenido lujos y cosas que a veces, lo que se podría llamar el promedio, no ha podido tener. Sobre todo mi familia materna. Viajes, carros, casas y un montón de cosas materialmente innecesarias pero divertidas para vivir, para satisfacer el orgullo de los Restrepo. Y por otro lado, estaban los Bohórquez: ermitaños, callados pero temperamentales, nunca se llevaron muy bien con ese estilo de vida, pero tampoco sabían manejar bien sus finanzas y por eso siempre vivían endeudados.
Mis hermanos mayores, Natacha y Rolando, ambos con nombres rusos porque mis abuelos maternos estaban obsesionados con la historia rusa, me llevan en total 14 y 15 años. Siempre fueron independientes, nunca fueron mucho de estar en la casa ni tampoco fueron nunca apegados a mis papás.
Recuerdo que en 1999, todos vivíamos en una linda casa, llena de lindas cosas. Recuerdo que mi habitación estaba llena de juguetes y estaba decorada con un montón de cosas de Minie Mouse. Todo era rosado, como la vida en ese momento. Todo lo que pedía lo tenía, y para serles sincera, era un poquito más caprichosa de lo normal para una niña de 4 años.
Pero como les mencionaba al principio, muchos relacionan sus primeros años con una infancia maravillosa llena de ignorancia (Porque supuestamente la ignorancia hace la felicidad) que los hace ver el mundo con ojos de esperanza. La cosa aquí, es que para mi desgracia (o fortuna, dejaré que lo decidan luego) no fue así.
Para los niños, su madre siempre es su adoración. Esa conexión inexplicable que te conecta con lo más lindo del universo es única e irrepetible. Y claro, en mi caso no era diferente. Mi mamá era la luz de mis ojos y sin aviso, meses antes de mi quinto cumpleaños, fue diagnosticada con un linfoma No-Hodkin en el intestino delgado que había hecho metástasis en la mayoría de los órganos de su aparato digestivo. ¿El pronóstico? Para nada bueno. Feliz cumpleaños a mí.
Cuando tienes cinco años, normalmente los adultos que cuidan de ti asumen que no eres consciente, que ignoras la mayoría de cosas en la realidad que te rodea e intentan protegerte de eso. Y créanme, hubiera querido que eso fuera verdad o que alguien hubiera podido protegerme de lo que estaba por venir. Porque caer en la realidad, que a penas estás comenzando a vivir y que te van a arrebatar aquello que más amas y aprecias en toda la vida sin previo aviso, no es nada fácil y no requiere conciencia, no requiere ni la más mínima pizca de raciocinio, porque lo que sientes es tan profundo y tan dolorosamente fuerte que ese sentimiento basta para explicar lo que está sucediendo.
Recuerdo como se fue deteriorando poco a poco, lo pálida que se fue volviendo su piel y cuando el cabello la abandonó por completo, como su rostro se iba tornando de ese verde sin vida que suelen tener los pacientes sometidos a la quimioteriapia.
4 meses de vida. Eso le quedaba según el médico.
Recuerdo a mi familia (Bohórquez y Restrepo) discutiendo por quién debería hacerse cargo de mí: La nueva y no planeada hija de la gran mujer que pronto dejaría este mundo.
A mí no me importaba nada, solo sabía que Luz Amparo, quién le hacía honor a su nombre, no solo dejaba el mundo, sino también a una pequeña criatura que lo que más anhelaba en la vida era estar con su madre.
Pero no todo terminó en desastre como todos esperaban.
No pregunten cómo, porque al sol de hoy no lo comprendo muy bien, mi madre después de una experiencia que ella describe como milagrosa, logró salir adelante casi de la noche a la mañana y sobrevivió al cáncer.
Milagros 1 – Cáncer 0
Mundo real 1 – Inocencia 0
Cuando vives un momento tan cercano a la muerte, el daño es irremediable. Quieras o no, te cambia y no hay vuelta atrás.
Eso me sucedió a mí. Que a pesar de seguir siendo alegre y caprichosa, me volví reservada y callada. La mayoría de las personas no conocen la palabra introspección hasta que llegan a la adultez. Yo la conocí a los 5 años.
Luego de esa experiencia, el miedo ya no era el monstruo que yo creía que habitaba debajo de la cama y que esperaba a que fuera media noche para asecharme y asustarme de golpe. No. Ahora el miedo era un monstruo que vivía dormido dentro del cuerpo de mi mamá y era real. Muy real.
Obviamente seguía siendo inocente en muchísimos aspectos, pero la carga y el regalo que suponía la vida me llegó tan de golpe que recuerdo varias veces estar peleando con mis amigos del colegio porque me daba tanto miedo dejar a mi mamá un fin de semana y que cuando llegara no estuviera que prefería no participar de esas pijamadas rosadas como mi antigua habitación.
Luego del miedo, llegó la realidad sobre la situación económica en mi casa. Mis padres se separaros y mis hermanos comenzaron a vivir por su cuenta. Mi mamá ya no tenía carros, ni casas, ni viajes. No tenía nada y yo tampoco. Pero la tenía a ella y eso para mí era suficiente.
Recuerdo escucharla hablar un día sobre lo difícil que estaba todo. Luego de eso tuvimos que vivir por casi dos años con mi abuela y mi tía porque mi mamá no podía trabajar. Ahí entendí la importancia de la buena salud y lo mala que era la enfermedad. Y claro, no cualquier enfermedad, no el resfriado que te da cuando te mojas cuando llueve, sino de verdad verdaderos monstruos que viven en nuestro interior esperando para atacar.
Ya no tenía cosas de Minie Mouse y dormía en la misma cama con mi mamá. Ya no teníamos carros y tampoco viajábamos. Pero nos teníamos una a la otra. Fue ahí cuando comprendí el significado de la soledad y de lo mucho que me dolería vivir sin ella a mi lado.
Poco a poco el tiempo fue pasando y mi mamá se recuperó, ya teníamos carro y casa, por lo que asumí que las cosas volvían a estar bien. No volvió con mi padre y aún así no lloré, porque ya entendía que fuera donde fuera, viviera donde viviera, mi papá no dejaría de ser mi papá por vivir debajo de un techo diferente al mío.
Mayo de 2003: El cáncer regresa. Acababa de hacer la primera comunión y me había hecho consciente de la muerte, del cielo y del infierno. De aquello a lo que los adultos llaman moral cristiana. Si era buena o o si era mala. De eso dependía a dónde iría cuando muriera. ¿A dónde iría mi mamá si muriera? Me preguntaba constantemente.