jueves, 12 de octubre de 2017

De la inocencia y otros demonios

De la inocencia y otros demonios

Por Catalina Bohórquez Restrepo

Ensayo Literario

Según la RAE, Infancia puede definirse como: 

1. Periodo de la vida humana desde el nacimiento hasta la pubertad.
2. Conjunto de niños.
3. Primer estado de una cosa después de su nacimiento o fundación. 

Para nadie es un misterio que la RAE en su mayoría se limita al significado literal de las palabras. Pero ¿Es realmente la infancia simplemente ese conjunto de palabras que acaban de pasar? Trataré de explicarles todo un poco más detalladamente cuando comencemos con la historia.

Por otro lado, sin dejar de lado la infancia y en un sentido menos literal de la palabra, cuando se piensa en ella, algunos sonríen y dicen con orgullo que fue la mejor época de sus vidas, otros la recuerdan con dolor y otros con nostalgia, pero todos, absolutamente todos asoscian la infancia con la inocencia. Pero ¿Por qué? Veamos.

Según la RAE Inocencia puede definirse como:

1. Estado del alma limpia de culpa.
2. Extensión de culpa en un delito o en una mala acción.
3. Candor, sencillez.

¿Entonces por qué cuando pensamos en inocencia lo relacionamos directamente con la ignorancia? Y no me refiero en este caso a la ignorancia como a la falta de cultura en una persona, sino como la falta de conocimiento en algo en concreto. 

Cuando éramos niños ignorábamos en gran medida aquello que hoy en día nos aterroriza del mundo: la muerte, la codicia, la hambruna, los celos, el odio y todas esas cosas por las que hoy las personas se dividen. Cuando éramos niños nos decían que si éramos lo suficientemente afortunados, no tendríamos que enfrentarnos cara a cara con todas estas cosas hasta estar lo suficientemente conscientes y preparados para hacerles frente.

Pero claro, si ese fuera mi caso, no tendría algo sobre qué escribirles hoy.

Nací el 21 de octubre de 1994 en Medellín, una ciudad que para la época, contaba con más heridas y cicatrices de las que un país del tercer mundo estaría orgulloso de tener en la lista, pues la ahora bien llamada “Ciudad más innovadora” acababa de haber sido rescatada, si es que así se le puede llamar, del más grande narcotraficante (O héroe según la perspectiva de otros) de todos los tiempos. Además, vale recalcar que nací en una familia que no me esperaba, porque según me cuenta mi padre cada tanto tiempo, fui concebida gracias a lo que vulgarmente le llaman “Sexo de reconciliación” Siempre nos reímos de eso. Pero a pesar del susto, algunos años después, mi no tan inoportuna concepción tendría sentido.

Mi familia siempre se ha movido en la clase socioeconómica Media-Alta, siempre ha tenido lujos y cosas que a veces, lo que se podría llamar el promedio, no ha podido tener. Sobre todo mi familia materna. Viajes, carros, casas y un montón de cosas materialmente innecesarias pero divertidas para vivir, para satisfacer el orgullo de los Restrepo. Y por otro lado, estaban los Bohórquez: ermitaños, callados pero temperamentales, nunca se llevaron muy bien con ese estilo de vida, pero tampoco sabían manejar bien sus finanzas y por eso siempre vivían endeudados.

Mis hermanos mayores, Natacha y Rolando, ambos con nombres rusos porque mis abuelos maternos estaban obsesionados con la historia rusa, me llevan en total 14 y 15 años. Siempre fueron independientes, nunca fueron mucho de estar en la casa ni tampoco fueron nunca apegados a mis papás. 

Recuerdo que en 1999, todos vivíamos en una linda casa, llena de lindas cosas. Recuerdo que mi habitación estaba llena de juguetes y estaba decorada con un montón de cosas de Minie Mouse. Todo era rosado, como la vida en ese momento. Todo lo que pedía lo tenía, y para serles sincera, era un poquito más caprichosa de lo normal para una niña de 4 años.

Pero como les mencionaba al principio, muchos relacionan sus primeros años con una infancia maravillosa llena de ignorancia (Porque supuestamente la ignorancia hace la felicidad) que los hace ver el mundo con ojos de esperanza. La cosa aquí, es que para mi desgracia (o fortuna, dejaré que lo decidan luego) no fue así.

Para los niños, su madre siempre es su adoración. Esa conexión inexplicable que te conecta con lo más lindo del universo es única e irrepetible. Y claro, en mi caso no era diferente. Mi mamá era la luz de mis ojos y sin aviso, meses antes de mi quinto cumpleaños, fue diagnosticada con un linfoma No-Hodkin en el intestino delgado que había hecho metástasis en la mayoría de los órganos de su aparato digestivo. ¿El pronóstico? Para nada bueno. Feliz cumpleaños a mí.

Cuando tienes cinco años, normalmente los adultos que cuidan de ti asumen que no eres consciente, que ignoras la mayoría de cosas en la realidad que te rodea e intentan protegerte de eso. Y créanme, hubiera querido que eso fuera verdad o que alguien hubiera podido protegerme de lo que estaba por venir. Porque caer en la realidad, que a penas estás comenzando a vivir y que te van a arrebatar aquello que más amas y aprecias en toda la vida sin previo aviso, no es nada fácil y no requiere conciencia, no requiere ni la más mínima pizca de raciocinio, porque lo que sientes es tan profundo y tan dolorosamente fuerte que ese sentimiento basta para explicar lo que está sucediendo.

Recuerdo como se fue deteriorando poco a poco, lo pálida que se fue volviendo su piel y cuando el cabello la abandonó por completo, como su rostro se iba tornando de ese verde sin vida que suelen tener los pacientes sometidos a la quimioteriapia. 

4 meses de vida. Eso le quedaba según el médico. 

Recuerdo a mi familia (Bohórquez y Restrepo) discutiendo por quién debería hacerse cargo de mí: La nueva y no planeada hija de la gran mujer que pronto dejaría este mundo.

A mí no me importaba nada, solo sabía que Luz Amparo, quién le hacía honor a su nombre, no solo dejaba el mundo, sino también a una pequeña criatura que lo que más anhelaba en la vida era estar con su madre. 

Pero no todo terminó en desastre como todos esperaban.

No pregunten cómo, porque al sol de hoy no lo comprendo muy bien, mi madre después de una experiencia que ella describe como milagrosa, logró salir adelante casi de la noche a la mañana y sobrevivió al cáncer.

Milagros 1 – Cáncer 0
Mundo real 1 – Inocencia 0 

Cuando vives un momento tan cercano a la muerte, el daño es irremediable. Quieras o no, te cambia y no hay vuelta atrás.

Eso me sucedió a mí. Que a pesar de seguir siendo alegre y caprichosa, me volví reservada y callada. La mayoría de las personas no conocen la palabra introspección hasta que llegan a la adultez. Yo la conocí a los 5 años.

Luego de esa experiencia, el miedo ya no era el monstruo que yo creía que habitaba debajo de la cama y que esperaba a que fuera media noche para asecharme y asustarme de golpe. No. Ahora el miedo era un monstruo que vivía dormido dentro del cuerpo de mi mamá y era real. Muy real.

Obviamente seguía siendo inocente en muchísimos aspectos, pero la carga y el regalo que suponía la vida me llegó tan de golpe que recuerdo varias veces estar peleando con mis amigos del colegio porque me daba tanto miedo dejar a mi mamá un fin de semana y que cuando llegara no estuviera que prefería no participar de esas pijamadas rosadas como mi antigua habitación.

Luego del miedo, llegó la realidad sobre la situación económica en mi casa. Mis padres se separaros y mis hermanos comenzaron a vivir por su cuenta. Mi mamá ya no tenía carros, ni casas, ni viajes. No tenía nada y yo tampoco. Pero la tenía a ella y eso para mí era suficiente.

Recuerdo escucharla hablar un día sobre lo difícil que estaba todo. Luego de eso tuvimos que vivir por casi dos años con mi abuela y mi tía porque mi mamá no podía trabajar. Ahí entendí la importancia de la buena salud y lo mala que era la enfermedad. Y claro, no cualquier enfermedad, no el resfriado que te da cuando te mojas cuando llueve, sino de verdad verdaderos monstruos que viven en nuestro interior esperando para atacar.

Ya no tenía cosas de Minie Mouse y dormía en la misma cama con mi mamá. Ya no teníamos carros y tampoco viajábamos. Pero nos teníamos una a la otra. Fue ahí cuando comprendí el significado de la soledad y de lo mucho que me dolería vivir sin ella a mi lado.

Poco a poco el tiempo fue pasando y mi mamá se recuperó, ya teníamos carro y casa, por lo que asumí que las cosas volvían a estar bien. No volvió con mi padre y aún así no lloré, porque ya entendía que fuera donde fuera, viviera donde viviera, mi papá no dejaría de ser mi papá por vivir debajo de un techo diferente al mío.

Mayo de 2003: El cáncer regresa. Acababa de hacer la primera comunión y me había hecho consciente de la muerte, del cielo y del infierno. De aquello a lo que los adultos llaman moral cristiana. Si era buena o o si era mala. De eso dependía a dónde iría cuando muriera. ¿A dónde iría mi mamá si muriera? Me preguntaba constantemente. 

Mis padres habían regresado a ser pareja meses antes del nuevo diagnóstico y se suponía que en su labor de marido responsable y cariñoso, mi padre debería haber estado para ella cuando llegaba mal de las quimioterapias, pero 27 sesiones después, la que seguía en la cama al lado de ella mientras volvía del baño luego de vomitar, era yo. Tiempo después me enteré que mi papá se la pasaba bebiendo todo el día por el dolor que le daba ver otra vez a mi mamá así. Ahí me hice consciente del daño que puede provocar el dolor y la frustración en las personas si no se trabaja en el. 

Mis hermanos tampoco aparecían nunca, pero yo pensaba que era normal. Tenían sus vidas, estaban en la universidad y seguramente tenían un millón de cosas más interesantes que hacer que ver a su madre enferma vomitar. O eso pensaba yo. 

Cuando las personas van creciendo, se van creando una imagen de si mismos y del “propósito” que tienen por cumplir ¿Por qué están aquí? ¿Cuál es su misión en la vida? Cuando tenía nueve años, yo pensaba que mi propósito en la vida era ser fuerte para mi mamá, para ser la estabilidad que le faltaba y el amor que no sentía en ese momento. Fue en ese entonces que comprendí el significado del compromiso y la entrega. Ella nos lo había dado todo y a todos les daba tanto miedo verla tan lejos de lo que era, que preferían hacerse los de la vista gorda que enfrentar la enfermedad de mi mamá como se debía.

27 sesiones de quimioterapia y una operación después, mi mamá vuelve a quedar libre de cáncer.

Compromiso 1 – Cáncer 0
Mundo real 2 – Inocencia 0

Ahora el dolor emocional se reflejaba en mi cuerpo. Estuve enferma casi dos semanas sin ser capaz de comer por el miedo que me daba pensar en la muerte de mi mamá, quería desaparecer y al mismo tiempo permanecer. Ahora entendía lo que le sucedía a mi papá cuando veía a mi mamá así. Ahora entendía porqué quería desaparecer en el licor y por qué nunca estaba en la casa durante el día. Ahora entendía el poder de la empatía. Nunca más volví a juzgar a alguien sin saber primero a qué demonios se enfrentaba. 

¿Alguna vez han escuchado eso de “la tercera es la vencida”?

Diciembre de 2010

Diagnóstico: Linfoma No-Hodkin con células que evolucionaban y se volvían más fuertes porque aprendían del tratamiento y se resistían a el. El único tratamiento que puede salvarla es un transplante de médula autólogo que solo es efectivo en un 50% de los casos. 

Un porcentaje alto pero no seguro.

Además estaba el hecho de que ella era paciente repitente por tercera vez de cancer, tenía 50 años y que los transplantes solo eran aprobados cada seis meses por lo largo del tratamiento. 4 por semestre.

¿Qué posibilidades tenía mi mamá frente a cualquier otro paciente? Otra vez, el miedo, ese viejo mostruo tan bien conocido volvía a hacer aparición en mi vida y de nuevo no podía hacer nada para ahuyentarlo esta vez.

Una vez escuché una historia sobre un niño y su abuelo, que le enseñaba sobre cómo todos los seres humanos teníamos dos lobos luchando en nuestro interior. Uno es la bondad, la vida, la calidez y todo lo bueno. El otro era el odio, la ira, la maldad y todo aquello que nos atormenta. ¿Pero cuál de los dos ganará? Según el abuelo, aquel al que decidamos alimentar.

Nunca había sido realmente consciente de lo que esto significaba hasta que durante de una de esas noches que no puedes dormir porque el peso de la vida te atormenta, supe lo que el abuelo había querido enseñarle a su nieto. 

Ambos lobos tienen miedo, luchan por sobrevivir, pero ambos habían decidido vivir por propósitos diferentes utilizando el miedo para fines diferentes. Y así como en la historia, yo tenía la oportunidad por primera vez de alimentar al lobo correcto. Así que tenía dos opciones: Una, llorar hasta deshidratarme porque mi madre estaba muy mal y no sabía si volvería a salir viva de una situación así; o dos, tomar todo ese miedo que sentía y convertirlo en un propósito. 

Mi mamá nunca llora, por lo menos no delante de los demás. Solo en frente mío. 

Un día, en la Clínica de las Américas. Luego de casi un mes de hospitalización, la escuché diciendo que quería tirar la toalla, que no quería seguir luchando. Fue ahí cuando supe que tenía que tomar la decisión de alimentar al lobo correcto. Tomé toda la fuerza que tenía, todo el coraje y la valentía que me quedaba en el cuerpo y sin saber de dónde, le dije cómo y porqué ambas teníamos que seguir luchando por salir adelante. Que éramos luchadoras y vencedoras. Y que una campeona nunca dejaba la pelea a la mitad y que si ella quería quedarse en el suelo mientras recogía fuerzas para levantarse, yo me iba a acostar con ella pero que NUNCA la iba a dejar caer. 

¿Dónde había quedado la niñita introspectiva de hace tantos años? 

En ese momento pensé en todas las personas que se cruzaron en nuestro camino: En Rosendo, el oncólogo con el corazón más grande que el sol, en las enfermeras que me dejaban quedar 10 minutos más porque no quería dejar a mi mamá sola, en mi papá que después de 15 años se quedaba con ella como amigo mientras la cuidaba porque ya entendía que no debía tener miedo, en mis hermanos que arrepentidos le decían que la amaban y le pedían perdón por no estar allí para ella, en mi abuela con todo su amor y preocupación, en los muchos médicos alternativos que miraban a mi mamá con orgullo y admiración por haber sobrevivido y haber llegado hasta ahí, por la unión de las familias y el amor incondicional que todos le teníamos a ella. ¿A caso podía alimentar al lobo equivocado teniendo ese deber tan grande con ella y con el mundo?

A veces miramos el pasado y nos preguntamos cómo y cuándo llegamos a donde estamos. Qué eventos nos trajeron hasta aquí y en cómo eso nos hace ser quiénes somos. Y luego de tantas vivencias, puedo decir con toda la certeza, que no cambiaría mi pasado, no cambiaría las situaciones difíciles porque me hicieron fuerte, me dieron esperanza y me hicieron sabia. 

Casi seis años después del final del tratamiento de mi mamá, ella brilla más que nunca con la certeza de no tener que volver a pasar por una situación de esas pues el tratamiento fue exitoso. Yo ya no vivo con miedo y comparto la cama con mis demonios, porque ellos me hacen ser quién soy y quién soy me hace sentir orgullosa porque con todas esas cicatrices y heridas de guerra que me dejó el pasado, como Pablo Escobar a mi ciudad, puedo decir que estoy tranquila con las decisiones que he tomado. Y así como yo, espero que ustedes también lo estén con las suyas. Ámenlas y aférrense a ellas, porque sin ellas no son nadie. 

Por estas razones, a mis casi 23 años digo que mi infancia, pero sobre todo, no haber perdido mi inocencia hacen parte de esos demonios con los que duermo y con los que cargo, pero que sin lugar a dudas, no los dejaría a un lado, porque gracias a ellos puedo estar hoy escribiéndoles con la mano firme y el corazón orgulloso por la historia que viví junto a mi madre. 

Se preguntarán por qué digo que no he perdido la inocencia después de todo lo que he pasado, pero ¿Recuerdan el primer significado de inocencia? Estado del alma limpia de culpa. No la he perdido, porque es así como me siento.

Fin.

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